El Niño traerá más lluvias, pero no necesariamente aliviará los incendios en la Patagonia
La conclusión central del estudio es que El Niño podría prolongar la temporada de incendios. En las últimas semanas se registraron precipitaciones abundantes: el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) midió un acumulado cercano a los 800 milímetros. Pero la mayor parte del agua cayó en forma de lluvia y no de nieve. “Esto significa que el agua se va a ir más rápido. Además, los eventos de El Niño históricamente están asociados con veranos cálidos y secos”, señaló Marcos Esdale, investigador independiente y uno de los autores del trabajo.
Para el año próximo, las proyecciones prevén que la humedad relativa disminuya a partir de enero, con una baja más marcada en febrero, y que la temperatura aumente considerablemente en marzo. El calor y la sequedad hacen de esos meses el período de mayor riesgo de incendios.
Esdale advirtió que, además de extenderse la temporada, las lluvias primaverales podrían dejar más “combustible” disponible para el fuego. El rápido crecimiento de las plantas en primavera puede transformarse en vegetación seca acumulada hacia el final del verano.
El agua de los ríos, a diferencia de la nieve, se pierde con mayor rapidez. Además, pese a las precipitaciones intensas de este año, el volumen de agua acumulada no superó el promedio histórico para esta época. Es decir, el cambio climático ha vuelto más seca la Patagonia: aunque El Niño trajo más lluvias que en años recientes, la cantidad acumulada esta primavera está lejos de los niveles de hace unas dos décadas. “Ya desde 2007 venimos identificando caídas en el régimen de lluvia. Desde ese año hasta 2025, el río Neuquén bajó un 40% su caudal y el Chubut, un 30%”, agregó Esdale.
El investigador sostuvo que estos datos deben incorporarse a las estrategias de respuesta ante los incendios. Tanto por razones operativas como presupuestarias, explicó, extender la temporada implicaría un gasto mayor. El informe de Fundación Bariloche recomendó al Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (Splif) concentrar recursos y horas de medios aéreos entre febrero y abril, y postergar la mayor parte del despliegue respecto del esquema habitual, enfocado en noviembre y diciembre.
El estudio también estimó que la temporada de incendios en la cordillera rionegrina se prolongaría hasta la primera semana de abril en El Bolsón y la tercera semana de ese mes en Bariloche. Por eso, las capacidades de combate y de ataque inicial deberían mantenerse activas durante todo ese lapso.
En 2026 se registró el enero más seco de los últimos 25 años, mientras la marca del cambio climático se hace cada vez más evidente en el norte de la Patagonia andina. Un informe difundido a comienzos de ese año por una organización meteorológica internacional consideró que estas condiciones fueron un factor clave en los incendios que afectaron tanto a la Comarca Andina como a los bosques del sur de Chile, al otro lado de la cordillera.
Según ese análisis, el cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero ejerce una influencia predominante. La región atraviesa una “crisis de aridez”, un diagnóstico que refuerza la necesidad de incluir estas condiciones en las políticas de manejo del fuego.
En la Argentina, un estudio publicado en octubre pasado y realizado también con la participación de Esdale llegó a conclusiones similares. El régimen de incendios de la zona cambió de manera permanente: los tiempos, la frecuencia y la intensidad del fuego ya no son los observados entre 1986 y la actualidad.
La temporada de peligro moderado se extendió entre cinco y 15 días en el lado argentino de la cordillera, y más de 20 días en el chileno. En torno a la zona cordillerana de Río Negro y Neuquén, el período de peligro alto aumentó más de 30 días. En algunos puntos, la ampliación superó los 60 días; incluso hubo lugares que antes no tenían una temporada de peligro alto y ahora sí.
También aumentó la frecuencia de los incendios. El estudio calcula que cada año hay diez días adicionales de incendios moderados y cinco de incendios intensos, mientras que la intensidad del fuego creció un 25%. Ese panorama se hizo visible en enero pasado, cuando el norte patagónico atravesó uno de los episodios de incendios más graves de los últimos 140 años.
Los especialistas describen los fuegos de los últimos años como incendios “de nueva generación”, porque se comportan de otra manera: pueden propagarse en cuestión de minutos y arrasar hectáreas enteras. Sus llamas pueden generar “pirocúmulos”, nubes secas y extremadamente calientes con fuertes vientos en su interior. En poco tiempo, el viento cambia, forma nubes que vuelven a alterar su dirección y alimenta un ciclo que favorece la propagación del fuego. Este fenómeno empieza a formar parte de una nueva normalidad, con un régimen de incendios en el que se repiten los mismos factores, en su mayoría relacionados con la actividad humana.
Aunque los rayos originan apenas el 5% de los incendios, su papel debe considerarse al diseñar medidas de prevención. Pueden caer en zonas de difícil acceso para brigadistas, bomberos y aviones hidrantes. En ocasiones, las autoridades tardan días en detectar esos focos remotos y llegan tarde para combatirlos. Un estudio del Conicet publicado el año pasado encontró una mayor incidencia de tormentas eléctricas en la región y les atribuyó el 50% de la superficie quemada durante la última década.
Por ahora, el conocimiento sobre los efectos ecológicos de estos incendios en la Argentina sigue siendo limitado. En Chile y en otras partes del mundo, sin embargo, hay pruebas de que afectan de manera considerable la diversidad de árboles. También pueden deteriorar la calidad del suelo y del agua, y contribuir a la pérdida de biodiversidad tanto durante los incendios como después de que terminan.


