20 agosto, 2026

La vida de los niños en las prisiones: Nacer y crecer entre rejas

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En los penales de la provincia de Buenos Aires, la realidad muestra a niños que no han cometido ningún delito. Se trata de bebés y pequeños de hasta cuatro años que viven junto a sus madres detenidas, en las mismas instalaciones donde ellas cumplen sus condenas. Actualmente, hay 38 niños que comienzan su día en una cárcel de la región.

La Unidad Penitenciaria N° 33 de Los Hornos, ubicada en La Plata, alberga a la mayoría de estos menores: 36 de los 38 residen allí. Esta prisión es uno de los pocos centros penitenciarios de mujeres en el país que dispone de pabellones especiales para la maternidad. Los otros dos niños se encuentran en una unidad de Florencio Varela.

Un equipo del programa Telenoche visitó el penal para documentar la vida cotidiana en este contexto, donde los pasillos grises contrastan con paredes pintadas de rosa, juguetes y áreas de juegos. La rutina de estos niños busca asemejarse a la de cualquier pequeño en libertad. De lunes a viernes, asisten al jardín de infantes desde las 8:00 hasta las 12:30. El traslado hacia el jardín es casi un ritual, ya que una camioneta del Ministerio de Justicia recorre los cinco pabellones especiales para recoger a los pequeños.

A diferencia de un penal común, en estos pabellones, las puertas de las celdas individuales permanecen abiertas durante el día por motivos de seguridad y para el cuidado de los niños. Sin embargo, a las 18:00 se cierran los accesos a los patios y a las 22:00 finaliza el tiempo permitido en el área común del pabellón. Después de esa hora, es obligatorio permanecer en la celda hasta la mañana siguiente.

Las adaptaciones de los menores al entorno penitenciario son muy diferentes según sus antecedentes. Los que ingresan con experiencias del exterior enfrentan el cambio de forma abrupta. Una madre, Candela, relató que su hijo de tres años no pudo adaptarse y debió ser enviado con su hermana. “Acá todo tiene horario, afuera no. Cuando cerraban el patio, él se ponía en la reja a gritar y llorar”, explicó. En cambio, su hijo más pequeño, que nació en la prisión, se ha acostumbrado a la rutina del lugar.

Deyanira Castro, que ha estado en prisión por homicidio, contó que su hija, que ya tiene dos años, no conocerá la historia de su madre en la cárcel. “No le voy a contar que estuvimos acá cuando crezca. Creo que no le van a quedar recuerdos”, manifestó.

De acuerdo con especialistas del servicio penitenciario, la permanencia permitida hasta los cuatro años se basa en un criterio de desarrollo: es el momento en que los niños empiezan a entender su entorno y a reconocer el significado de las rejas y la seguridad del lugar.

Yamila Bianco, psicóloga del penal, explicó que en los pabellones donde residen los niños no hay rejas visibles, para evitar que esa imagen se les quede grabada en la memoria. “A partir de los tres años, los niños se dan cuenta de que viven en la cárcel y cada vez les cuesta más regresar cuando salen de paseo”, indicó.

Al cumplir cuatro años, los niños que cuentan con una red familiar sólida son entregados a familiares como tíos o abuelos. No obstante, aquellos que carecen de vínculos familiares en el exterior son trasladados a hogares de menores, donde permanecerán institucionalizados hasta que sus madres recuperen la libertad.

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