La monja de Cabo Verde que ama el fútbol y lleva más de cinco décadas en Argentina
Varela, la quinta de 13 hermanos, nació en Fundura, una pequeña localización rural en el noroeste de la isla de Santiago, en el municipio de Santa Catarina. Además, Hélio Sandro Oliveira Alves Varela, futbolista de la selección, también tiene origen en esta isla, que cuenta con unas diez principales en Cabo Verde.
“Somos parientes lejanos, ya averigüé. Él es joven, nació en Portugal, pero tiene familia allá”, comenta sobre el jugador con esa cadencia portuguesa que nunca ha perdido al hablar.
En días recientes, mientras conversaba con su hermana y sus sobrinos, el tema principal fue el partido del viernes a las 19, donde Argentina y Cabo Verde se enfrentarán por un lugar en el Mundial. “Quieren jugar contra ‘el león’, como le dicen a Messi. Están muy animados”, se ríe, y planea conseguir una foto con los futbolistas caboverdianos en su próximo viaje a su “otro” país. “La voy a imprimir grande y la voy a colocar en casa”, subraya.
El arquero de 40 años, conocido como Vozinha, es otra de las figuras que emerge en sus charlas sobre el fútbol. Theresa asegura que su familia está entusiasmada con él. “Lo quieren, lo aplauden, dicen que vuela como un pájaro. Como Cabo Verde es pequeño, también tengo familiares que conocen a su gente”.
Fanática de River Plate, en su hogar de San Marcos Sierras expone fotografías del Monumental, pelotas y camisetas. El ambiente seco y caluroso del norte cordobés le recuerda a su tierra natal. “Hay mucho calor y es muy seco aquí”, señala.
Reconoce que su amor por Argentina y Córdoba no le impide “extrañar” y sentir nostalgia por su tierra, de la que se trasladó a los 18 años para ingresar a un convento en Portugal.
“Cuando era niña jugué mucho al fútbol. Era muy aventurera; salía del colegio y corría a patear la pelota –rememora con alegría–. Era arquera, gritaba, daba órdenes y, si encajaban un gol, los otros me castigaban metiéndome en un pozo seco. Afortunadamente, ellos me hacían pocos goles”. Si se encontraba mal, nunca pensaba en volver a casa llorando, pues al día siguiente quería regresar a la cancha, que era un pequeño terreno de tierra.
Su amor por el fútbol era tan intenso que, confiesa, “no quería ingresar al convento porque sabía que tendría que dejarlo. Se lo mencioné al cura de mi pueblo y, al ver que tenía vocación, me mostró fotos de novicias jugando. ‘Eso es lo mío’, pensé y decidí seguir adelante”.
Inició su formación en Portugal y continuó en Roma. Ya como religiosa, en una de sus salidas se puso a jugar al fútbol y sufrió un fuerte pelotazo en el vientre. “Se me hinchó, me dolía mucho. Fui al médico y me tuvieron que operar. Nunca mencioné lo que realmente pasó. Ya era monja y no debía jugar fútbol”, ríe.
Cabo Verde es un archipiélago volcánico con medio millón de habitantes, ubicado frente a la costa noreste de África. Su liga de fútbol cuenta con aproximadamente una docena de clubes, pero la mayoría de los caboverdianos son fervientes aficionados al deporte.
“En cada esquina juegan a la pelota –cuenta Varela–. Les encanta, es una gran diversión. Los chicos salen de la escuela y, antes de llegar a sus casas, se quedan un rato jugando al fútbol. La pelota es su compañera.”
Recientemente, mientras cumplía unos trámites en Villa Cura Brochero, se encontró con unos chicos jugando al fútbol, y enseguida se unió a ellos. “Algo hay en mi corazón que me impulsa cuando veo a los niños jugar”, revela.
Durante el Mundial, cuando Cabo Verde atravesó partidos difíciles, optó por “salir a caminar” para mantener la calma. Este viernes, se trasladará a la ciudad de Córdoba y, en el horario del partido, probablemente estará regresando a San Marcos Sierras. “No lo voy a poder ver porque no quiero, ni lo voy a escuchar”, remarca, esbozando una amplia sonrisa.
La energía vibrante de Theresa es inconfundible. Sus días comienzan a las 4:30. Reza en su pequeño oratorio, desayuna mezclas de frutas y semillas que ella misma elabora, y sale a hacer visitas, recolectar donaciones o brindar charlas. En su fundación, María de la Esperanza, cerca de 500 niños reciben comida en siete comedores ubicados en Cruz del Eje y su zona rural. En la crisis del 2001, llegaron a alimentar a casi 2000.
En la aldea “La esperanza”, en San Marcos Sierras, se organizan talleres y reuniones; de allí se preparan las misiones del hospital móvil que visita diferentes localidades y hay médicos que atienden a los niños periódicamente.
Carlos Bianchi, exentrenador de Boca, junto al fallecido Jorge Guinzburg, la ayudaron a construir la aldea. “Cuando recibí la llamada de Bianchi, respondí: ‘¿El de Boca? Yo soy de River’. Y recuerdo que él me contestó que ‘para Dios no hay River ni Boca, sino hacer cosas buenas’.
Varela cuenta que, al leer sobre la vida de Santa Teresa en su infancia, entendió que quería asistir a los más necesitados. Nunca pensó en ser religiosa. De joven disfrutaba de la moda y tenía un novio, a quien dejó al ingresar al convento. Entró a la orden de San Pedro Claver y, tras su paso por Portugal e Italia, trabajó en Estados Unidos, Colombia y Brasil.
Su orden la envió a Argentina, específicamente a Buenos Aires, donde enseñó la Biblia a niños. Durante esos años, comenzó a considerar la posibilidad de dejar la orden, aunque no los hábitos, para dedicar su vida a la misión. Al decidir no regresar al convento, se trasladó a San Marcos Sierras con el consentimiento del obispo Raúl Primatesta y el 9 de septiembre de 1996 renovó sus votos perpetuos, reafirmando su compromiso de servir a los más desposeídos.
Inició los comedores debajo de los árboles, donde las personas traían lo que podían, se sumaban donaciones y cocinaban con leña. Repartían la comida bajo precarias condiciones. Hoy, su dedicación sigue intacta; es conocida por su estilo único y su alma incansable, que la lleva a continuar ayudando y jugando al fútbol.


